El pasado viernes disfruté de una tarde de celebración. Todos los que llegamos al final de una larga y dura etapa de estudios nos graduábamos. Hubo de todo: risas, aplausos, momentos incómodos pero sobre todo, momentos emotivos. 

Han sido cuatro años magníficos. He conocido a grandes amigos y me he cruzado con grandes profesores.  No voy a incidir en aspectos negativos, primero porque para mí han sido pocos, y segundo porque creo que una vez pasados no merece la pena recordarlos. Cuando piense en el Real Conservatorio Superior de Música de Madrid quiero acordarme de esas largas horas en las clases de composición con mis compañeros, en los nervios de los estrenos, en los refrigerios de después, en las risas con los compañeros en la cafetería y de lo acogida que me he sentido siempre por alumnos, profesores y por el personal del centro. He aprendido muchísimas cosas valiosísimas en el Superior, de hecho creo que estos cuatro años me han obligado a madurar a una velocidad apabullante… Pero diría que de todas las cosas que he aprendido, la que más me vale de todas es la perseverancia. Sin ánimo de menoscabar a las carreras universitarias, que al igual que el Conservatorio tienen mucha tela, diré que los estudios musicales son muy pero que muy exigentes. Requieren esfuerzo, pasión y horas, horas y horas de trabajo, todo ello de manera constante. Como he bromeado muchas veces con mis compañeros, nuestra recta final de curso no era el último mes de clases, si no que comenzaba tras las vacaciones de Navidad y poco a poco sin que nos diéramos cuenta la pendiente se iba acentuando con el paso de las semanas. Basta pasearse por el Superior a mediados de curso para observar lo agetreado que es el centro: audiciones, intérpretes buscando cabinas, exámenes, más intérpretes buscando clavinovas, compositores cargando con sus portátiles… Pero todo esto ha sido siempre con muy buen rollo. Siempre he percibido compañerismo, ya fuera dentro de mi especialidad como con compañeros de otras especialidades.

Por supuesto que ha habido momentos duros, semanas e incluso meses de mucho estrés en los que pensaba: a la porra me dejo ésta asginatura. Momentos de dormir menos y trabajar aún más, agobios y cansancio… Pero no me arrepiento de ninguno, todo ese esfuerzo me ha merecido sin ninguna duda la pena, por todo lo que he aprendido, por las personas que he conocido y por todos los buenísimos ratos que he vivido en el centro. Me enorgullece poder decir que el Superior de Atocha ha sido y es mi centro, y me enorgullece saber que gracias a estudiar dos especialidades todavía podré disfrutar de su ambiente, de sus gentes y por supuesto, lo más importante… De los pinchos de tortilla de la cafetería.

Para ponerme aún un poquito más sentimental terminaré diciendo que agradezco infinito a mis padres el haberme apoyado desde el principio y el haberme acompañado en esta aventura. A mi padre por recogerme con pala cada noche tras un largo día fuera, a mi madre que siempre ha buscado un hueco para escuchar con atención mis avances compositivos y por su apoyo incondicional, a mi hermano por ser siempre sincero y no disfrazar si le gustan o no mis obras y por supuesto agradecer a todos mis amigos que siempre hayan comprendido que aunque en deterimadas épocas del año desaparezca del mapa, siempre voy a estar ahí. Mis agradecimientos también a todos los profesores que con paciencia y comprensión me han guiado a lo largo de esta emocionante travesía, y han sabido transmitirme sus conocimientos y su profundo amor por la música.

Me despido con un hasta pronto, mejor que un hasta siempre.

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